Numen
(PusilániMan)
Me visitó la musa. Llevaba tiempo esperándola. La recibí con mala cara. ¿Era éste el servicio técnico que yo había contratado? No hicieron suya mi urgencia hasta que les hablé de mi reciente interés por los nudos corredizos.
A las musas les pagan una mierda; se pluriemplean para poder vivir con un mínimo desahogo. Así llegó la mía, con la noche sobre su vestido de día, agotada y con ojeras. Y borracha: sedienta de eternidad, se detuvo en un bar a descansar un rato y recuperar fuerzas para lo que le restaba de jornada, solapada ya con la siguiente. Bebió hasta caer redonda -"perder la presencia de espíritu", decía ella-; se despertó tirada en mitad de la calle, bajo el latir rítmico del neón del bar; y llegó hasta mi puerta con similar postura, arrastrándose, dejando tras de sí un incandescente rastro de luz.
-Tú eras el que pretendía hacer justicia con ladrillos, ¿verdad? -me inquirió, postrada en mi sillón de leer.
-Sigo pretendiéndolo, señorita. Por eso está usted aquí ahora.
-¿Y no prefieres que te muestre el nombre de lo desconocido, la verdad sin disfraces, el color con que se pinta la nada, las huellas insondables del destino ajeno?
Mi férrea postura se diluyó ante el calor de sus inspiradoras palabras. Preparé café. Nos sentamos sobre la alfombra del salón, usando el cuerpo bajo del sofá como respaldo. Comenzó susurrando, más por problemas de garganta que con fines pedagógicos, para ir elevando el tono de voz con el mismo ritmo con que mojaba sus labios en la taza de café. Ocupó todas las horas de la noche en hacerme conocedor de las innumerables formas bajo las que se esconden los dolores, las tibiezas, los anhelos, las frustraciones y las esperanzas, y las numerosas técnicas y formas de expresarlo. En diversas ocasiones, pude comprobar que mi alfombra se despegaba del suelo, en algo así como un intento vano de viajar a los mundos expuestos por la musa; pero unos pisotones a tiempo la devolvían a la firme realidad de mi suelo de tarima. Paradójicamente, un rayo de sol fue quien avisó a mi musa del fin de la función. Para entonces, yo tenía ya unos cuantos cuadernos enfermos de tinta, dotados de todo un sistema circulatorio suficiente para ofrecerlos al mundo de los vivos. Y varios bolígrafos desperdigados por el piso, abnegados mártires de mis pulsiones. Ella se levantó, dando por buena la actuación; pero yo, que había solicitado sus servicios por unas necesidades muy diferentes a las que me solventó, no pude resistirme, incompleto como me sentía -que no defraudado-, a hacérselo saber:
-Verás,… El caso es que… Bueno, al final no me dijiste nada sobre el temilla ese de la justicia y los ladrillos…
-Perdona -respondió, atajando mi frase con resolución, bajo el marco de la puerta de la entrada-, quizá no conocieras nuestro modo de proceder: yo me dejo guiar por la primera impresión -viene todo en el convenio- y, cuando llegué aquí, te encontré dibujando corazones.
[a] Kaiser Chiefs - I can do without you
