(CarcaVera)
Mi amiga, compañera de trabajo desde siempre, está inconsolable ahora que se ha enterado de que el gobierno ha decidido quitar a la talla 46 el sobrenombre de ‘especial’. Ella, ninguneada por la sociedad, usada como un pañuelo de papel, abusada, inolvidable por desconocida, que encontraba unos pocos restos de la humanidad necesaria, aun a base de autoengaño, al entrar en tiendas de ropa y responder ante la pregunta de "y usted es…" con un risueño "especial", ella, digo, sigue sin creerse que incluso aquí la sociedad le dé una patada en el culo y la meta en el mismo y vulgar cajón que a tantas otras, indefinibles, anónimas. Porque nadie le dijo nunca una cosa tan bonita, porque en su vida no ha habido palabras amables ni piadosos favores.
Y esta redefinición de lo políticamente correcto empieza a ahogar, de tan estrecha. A la gente no le ofende la imagen que los medios ofrecen, a la gente le ofende no responder a tales cánones, a la gente le reconcome la envidia. Porque la solidaridad está muy bien vista cuando la ejerces tú, pero la imagen de víctima que lleva asociada una solidaridad de sentido inverso es demasiado pesada como para salir a la calle con ella.
Y cuando uno se olvida de que la creación, como arte, dispone del soporte elegido en función de los resultados deseados y no de lo que decreta esa dictadura que, a veces, es la mayoría -no quedarían cuevas sin paredes pintarrajeadas si nadie hubiera roto con esa cosa confundida con la tradición, que es el rancio asiento de dicha mayoría-, cuando esto ocurre, la libertad se ve coartada y el arte deja de existir como concepto.
Como nos sobran, vamos a gastarnos los dineros en maniquíes de escaparate nuevos, que respondan a la media ofrecida por un estudio no más barato realizado sobre un espectro representativo de mujeres españolas (no me atrevo a decir que, en un mundo tan global, el estudio debería hacerse sobre una muestra universal de mujeres por si me copian la idea). Ahora también nos disgustan las muñecas, los objetos inanimados, las perchas. Pues para eso, yo propongo que se obligue a todo el mundo a comer hasta el umbral del reventón, a ponernos gordos como peonzas, todos por igual, no sea que alguien se pase y reclame ese guiño de complicidad de la sociedad para volver al redil del que se autorretira voluntariamente, víctima de su ambigua autoestima y de su inseguridad; que nadie pueda ser más, que al que sea menos se le excluya. Y que se condene a la ignominia a ese degenerado de Giacometti, por obsceno.
Que yo no pueda dedicarme profesionalmente al baloncesto por culpa de mi altura no ha de significar que se deba fijar un máximo de estatura de, por ejemplo, 1′75 m. para poder hacerlo; simplemente, que debo dedicarme a otras tareas y no tomarme este deporte como algo más que un mero entretenimiento. Lo que me temo es que, si a todo el mundo se le antojase afinar la puntería frente a una canasta y que le pagasen por ello, acabarían ejecutando tal medida opresora o bajando las canastas, no se vaya a ofender el discriminado de turno.
Y poco más. Para la resolución del resto de matices, hagan un uso más adecuado de la educación, que es donde residen todas las respuestas y las bases para evitar que la envidia, el capricho y la falta de personalidad nos gobiernen. ¿No creen que están siendo crueles cuando están buscando la igualdad a base de bajar el listón? Así todos conseguimos medallas, pero recapaciten sobre su posible devaluación. Y recuerden que la continua pelea de superación es contra uno mismo, tiren con los genes que les han tocado y procuren hacer más fácil la vida del prójimo.
En sus adoradas tiendas de ropa, mi amiga dejará de ser especial, pero yo, que no me fijo en las tallas de fuera, seguiré considerándola como tal. Faltaría más.
[a] Howie Day - I’ll take you on